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- Los tíos sois todos unos cerdos. Veis unas tetas y os vais detrás babeando.
La playa estaba en calma.
El cielo despejado.
Temperatura ideal.
Era viernes y Manmen y yo comenzábamos un fin de semana romántico.
Llevábamos más de cinco minutos sentados en aquel chiringuito.
Poca gente para la altura de primavera en la que estábamos.
Oteé hasta donde me alcanzaba la vista.
Habría unas diez mujeres y las únicas tetas de allí que me hacían babear las tenía Manmen.
Descubrí que no me gustaban las mujeres.
Sólo el diez por ciento de ellas.
Para que todo fuese perfecto necesitaba tres cosas:
Primera, una cerveza fresquita.
Segunda, un may.
Y tercera, que se callase la foca que estaba a cuatro mesas de distancia y a pesar de eso, los improperios que dedicaba a su marido se escuchaban como si estuviese sentada con nosotros.
La pareja que acompañaba a la foca y a su marido asistían impasibles al espectáculo.
Me puse a hacer el may, es lo único que estaba en mi mano, ¿qué coño estarán haciendo los camareros?, ¿por qué no ahogan a la foca?
Cuando estoy con el papel preparado, la china pinchada en la navajilla, la boquilla cortada y el tabaco volcado en la mano aparece el camarero.
Hago esfuerzos por disimular.
El puto papel se va al suelo.
El camarero se agacha, lo recoge y me lo devuelve.
- Gracias.
- No hay de qué.
Manmen suelta una carcajada.
Le sigue el camarero.
Algo rojo la continúo.
Manmen espetó al camarero:
- ¿Cómo te llamas?
Con seguridad:
- Alberto.
Con más seguridad:
- Muy bien Alberto, ¿nos traes un par de cervecitas?
- Claro, ahora mismo. - Contestó mientras en una fracción de segundo, su vista, recorría el cuerpo de Manmen.
Cuando se daba la vuelta:
- Por favor Alberto - mientras adoptaba una pose muy seductora- , ¿nos pones la tapa de migas?
Con una sonrisa.
- Sí...., por supuesto. - Ahora el tiempo que dedicó a inspeccionarla fue muy superior.
- ¿Parece que le has gustado?- Mientras termino el may.
- También él me ha gustado a mí. - Mirándome con picardía.
- Dos cervecitas con su buena tapa de migas, como desea la señorita.
- Me llamo Manmen.
- Mucho gusto Manmen. Espero que te gusten.
- Que nos recomiendas para comer. - Se acariciaba el lóbulo de la oreja.
Yo estaba entre celoso y excitado.
Vale, habíamos mantenido relaciones con otras personas, pero siempre la iniciativa la tomaba yo, ella ponía las reticencias.
La situación me desbordaba.
- Tenemos un besuguito que eso es un gusto, fresquito, fresquito...
- Pues nos pones dos a la plancha. - Me acaricia. - ¿Tienes tortillas de camarones?
- Sí, buenísimas.
- Pues unas tortillas de camarones y nos pones una ensalada.
Ya sin cortarse:
- Claro, que hay que conservar los buenos cuerpos. - Esto mirándome a mí.
Le echo el humo del porro.
- Sí.
El camarero se corta, titubea y pregunta mirando el porro:
- Manejas buen material.
Dirijo mis ojos hacia Manmen y le contesto:
- Todo lo que yo manejo es buen material.
El camarero se retira.
Manmen me sonríe.
Me coge el may, le da una calada, un sorbo a la cerveza, me sujeta la mano, se reclina para absorber más sol y cierra los ojos.
Estaba guapísima.
Alberto estaba muy bien, alto, guapo, atlético.
Comimos casi en silencio.
Al terminar, tomamos postre, carajillo y otro porrito.
- Mientras terminas el may entro a pagar.
Apareció con la última calada, me estiró la mano y me llevó.
- Vamos al coche, cogemos la jarapa y la sombrilla y nos echamos una siesta en la playa.
- Pero, ¿no íbamos a dejar el equipaje primero en el hotel?
- Llamo y digo que llegamos a las siete. Me apetece una siesta en la playa.
Después de cargarme los bártulos, siguió buscando entre las maletas, sacó algo de ellas y lo metió en el bolso.
- ¿Dónde nos ponemos?
Sin vacilar:
- Allí, junto a las rocas.
Durante el camino hizo la gestión con el hotel.
Nos instalamos.
- ¿Qué hora es?
Le contesté:
- Las cuatro y media.
Estirándose:
- Tenemos tiempo.
Sabía perfectamente que la hora, el sitio, y el sol eran los adecuados para que Manmen se excitara.
Intenté excitarla más:
- Era mono el chico.
Sonrió, se quito la parte de arriba del bikini.
Mi polla se infló al instante.
Me la tocó suave por fuera del bañador.
Intenté tocarla pero me dijo:
- Ahora te voy a poner muy cachondo, pero quiero que te aguantes hasta llegar al hotel.
Me gusta estar excitado durante largo tiempo.
Se acercó la mano a la braguita, puso un dedo en la parte inferior y lo subió acariciando su rajita.
- Tú no vas a llegar al hotel. –le dije.
- Ya. Pon la sombrilla tumbada para que no nos vean.
Entre las rocas y la sombrilla, construimos un perfecto parapeto contra miradas indiscretas.
Ella seguía acariciándose.
Introdujo un dedo en su vagina, lo sacó mojado.
- Me voy a hacer una paja.
- No. Espera. – Me contestó.
Cuando pensé que se iba a correr dejó de tocarse.
Se estaba estremeciendo.
- ¡Córrete!
- Ahora, hay tiempo. ¿que hora es?
Miré el móvil:
- Las cinco y diez.
- Tiene que estar al llegar.
- ¿Quién?
Mi pregunta no tenía sentido.
Antes de formularla estaba viendo como Alberto, vestido de camarero, se acerca hasta nosotros.
- ¿Le has dicho que venga?
- Sí, cuando he ido a pagar.
- Hola. - Dijo Alberto, dudando si terminar de acercarse.
- Hola. - Le contestamos.
- Vendrás con calor, date un bañito y mientras nos curramos un porrito. - Dijo Manmen.
- Pe..., pero, si no he traído bañador.
- Que más da. En calzoncillos.
Alberto comenzó a quitarse la ropa.
Sin ella estaba aún mejor.
Cuando se quedó en gayumbos, Manmen hizo un gesto señalando al agua.
Alberto obedeció.
- ¿Qué le has dicho?
- ¿Me dejas que me lo folle?
No lo dudé.
- Sí, ¿aquí?
- Sí. Tú vigilas. Cúrrate ese porro.
Me costó. Me temblaban las manos.
El porro estaba terminado cuando Alberto salió del agua.
Su cuerpo mojado estaba irresistible.
Manmen le acercó una toalla, se secó un poco.
Encendí el porro, le pegué una calada y se lo pasé a Manmen.
Se secó.
Manmen lo invitó a sentarse a su lado, junto a la sombrilla.
Ella en medio y yo en el otro extremo.
Le pasó el may.
- Está bueno esto.
Le dio cinco caladas y me lo pasó.
Manmen se volvió hacia él y comenzó a acariciarle el pecho.
Se sorprendió.
Me miró.
Me cogí la polla y le enseñé mi erección.
La mano de Manmen bajó por el vientre hasta alcanzar su polla.
Se tumbó mirándome.
Alberto la abrazó por detrás.
Mientras besaba su cuello sujetaba con las dos manos sus tetas.
Las caderas de los dos se movían.
Le daba puntazos por detrás, ella movía su culo para recibirlos.
Mi polla estallaba.
Manmen retiró una de las manos de su teta para bajarla hasta la vagina.
Alberto agarró su coño con suavidad, cogiéndolo entero ejerciendo ligeras presiones.
Manmen se salía.
Retiró su braguita entre jadeos.
Los dedos de Alberto encontraron libertad.
Esos dedos en libertad sabían lo que hacían.
Acariciaban primero por el exterior.
Dos dedos para cada labio.
Subían y bajaban dulcemente, extrayendo gemidos de placer en Manmen.
Me encantaba el show.
Con dos dedos recorrió del mismo modo su coño, pero ahora por el centro.
Al llegar arriba, retiraba levemente los dedos y entre estos y su coño quedaba un hilo de su flujo.
Mirándome:
- Saca un preservativo que he metido en el bolso.
Lo saqué y extendí el brazo.
No nos tocamos.
Lo cogió.
Se lo ofreció.
Alberto se incorporó.
Se sentó.
Manmen y yo contemplábamos como enrollaba el condón en su polla.
Una vez puesto le dio la espalda.
Se la metió por detrás.
Saqué la polla.
La apreté y la moví.
Ella me hizo un gesto con la cabeza. NO.
Solté la polla pero la dejé descubierta.
Manmen se moría.
Los gemidos rápidamente aumentaban sus decibelios para convertirse en grititos.
No iba a durar mucho.
Me encanta como folla.
Me sujeté de nuevo la polla, sin moverla.
Aumentaron el ritmo.
Yo veía perfectamente entrar la polla de Alberto en el chochete de Manmen.
- Vámonos. - Suplicó.
Tres metidas más fueron suficientes para que los dos tuviesen un orgasmo glorioso.
Con la polla todavía dentro, después de correrse Manmen tuvo varias contracciones.
Alberto se salió de ella.
Se quitó el condón con la leche caliente.
Lo ató.
Manmen buscó una bolsa.
Le cogió el condón de la mano.
Lo puso en su palma:
- Buen polvo.
Lo echó en la bolsa.
Mis huevos iban a reventar.
Se puso la braguita.
Manmen se acercó a Alberto, con las dos manos le sujetó la cara y le besó en la boca.
Un beso con lengua.
- Ahora mi amor vístete y déjanos dormir la siesta. Necesitamos fuerza para lo que queda de fin de semana.
Alberto se vistió y se fue.
Manmen me abrazó.
- No puedo aguantar hasta el hotel.
- Si que puedes.
Cerró sus ojos me abrazó aún más fuerte y en unos minutos estaba roncando suavemente.
¿Me reventarían los huevos?
Si quieres saber que pasó el resto del fin de semana tendrás que esperar a una próxima entrega.
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| Autor : pareja granada |
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Fuente ( Parejas.NET )
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